Reflexiones desde el retiro
Hay un momento en el que el desorden de la memoria confunde los momentos leídos con los vividos, y en el invierno del retiro, cuando el corazón late recuerdos, esa hermosa bruma me asalta muy frecuentemente.
Al mirar el calendario y evocar la mística en que el Estado nos forjó siendo unos imberbes, colocándonos bajo el espíritu de la Benemérita Guardia Civil del Perú, para servir a la sociedad, siento que quienes tuvimos la maravillosa capacidad de amar esa vocación, nos convertimos en guardianes de la historia que detalla en sus páginas la vida de todos aquellos que le dieron todo a la humanidad.
Quienes transitamos luego el camino de la unificación hacia nuestra Policía Nacional, no solo vestimos un uniforme; asumimos el compromiso sagrado de ser el puente invisible entre el dolor de un ciudadano y la esperanza de justicia. Entonces, con nuestras intervenciones quedó evidente que la Guardia Civil no fue una simple respuesta institucional; fue una escuela de profunda humanidad.
En nosotros hay una hermosa manera de vivir, pues nos formamos bajo una doctrina donde la disciplina no era rigidez, sino la armadura para proteger al desvalido, y donde la caballerosidad se traducía en un amor infinito por la comunidad. Ser un «Benemérito» significaba entender que el puesto policial de frontera o la comisaría del barrio eran anaqueles donde la población acudía a buscar consuelo cuando la tristeza, el temor, la indignación o la frustración los invadía.
El vecino de a pie nos entregaba su confianza, su manos, un abrazo y muchas veces su cobijo. Porque sabía que en el «guardia de la esquina» encontraría esa protección casi maternal, un faro de calma en medio de la tormenta de sus propias carencias.
Esa entrega absoluta, sin embargo, nos cobró una cuota de dolor que hoy se aloja en el pecho como un fuego que no se apaga. Es imposible no quebrarse al recordar a tantos amigos entrañables, hermanos de armas y de ideales, que en plena juventud nos fueron arrebatados cruelmente por las garras de la delincuencia común y por la insania terrorista de Sendero Luminoso y el MRTA. Esos nuestros hermanos, defendieron con valentía indomable el respeto por el orden, en los puestos más alejados de nuestra geografía, muchas veces con más coraje que recursos, entregando la vida en una hoja en blanco que quedó manchada con la evidencia de su sacrificio y con nuestras propias lágrimas.
Sus nombres quizás hayan sido eliminados de las crónicas oficiales por manos que nunca entendieron el tesoro de su entrega, pero nosotros los guardamos en el archivo sentimental más sagrado: el de nuestra memoria colectiva. Su cimiento es nuestra paz, y su recuerdo, una fiesta eterna de heroísmo.
Desde el retiro, observo el presente con una reflexiva serenidad. Los desafíos de la seguridad han mutado, pero la esencia de lo que fuimos debería seguir siendo la respuesta: esa proximidad con el ciudadano que hacía que la ronda a pie se percibiera como parte de la piel del barrio.
A las nuevas generaciones de policías les tiendo la mano desde la experiencia y les digo: miren hacia atrás, abracen nuestra historia y entiendan que el verdadero sentido de nuestra labor es hacerle el favor a la sociedad de cuidar sus vidas. El mayor galardón nunca será una medalla de metal en el pecho, sino la mirada limpia y la gratitud de un pueblo que se sabe protegido.
Al cielo se irán algún día nuestros viejos guardias, sin ninguna pena y con el deber cumplido, pero mientras un corazón benemérito siga latiendo, el tambor de nuestra mística seguirá sonando. Porque quien nace Benemérito, vive bajo sus mandamientos hasta que deja la vida y se eleva aún más Benemérito
Feliz día a los Beneméritos!!!